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La emoción es el pegamento de la memoria

La emoción es el pegamento de la memoria

Mónica Galán, dueña de un carisma exquisito, nos compartió en esta conversación diversos consejos y curiosidades sobre lo que implica ser un buen orador. En su sitio web, comparte todo tipo de información para poder llegar al corazón de una buena comunicación.

 

¿El Método BRAVO propone un nuevo enfoque a cómo pensamos la oratoria?

La oratoria no es algo novedoso, tiene más de 2300 años.

Pero sin duda, hay un nuevo enfoque a algo que lleva existiendo desde siempre, que consiste en revisar la comunicación con nuevos ojos aprovechando el conocimiento que ya tenemos pero contextualizado en un nuevo ambiente particular y fresco.

¿Cómo nació el Método BRAVO?

Por mi trabajo como productora escuchaba a autores con conceptos maravillosos pero que no lograban recoger una atención exitosa en la audiencia. Sentía que había mucho desorden en los estilos de comunicación de grandes pensadores contemporáneos. Y así, surgió este método. El cual abarca tanto la expresión verbal como el lenguaje no verbal.

Y desde ahí, me empecé a obsesionar por los discursos y cómo ayudar a otras personas a que mejoraran su forma de expresión.

¿Cuál es el corazón de una buena comunicación?

En la actualidad, retomando a Aristóteles, una buena comunicación es entender que hay buenos conceptos que deben bajar a tierra de forma precisa, siempre y cuando estructuremos nuestras ideas.

Es como dijo Maya Angelou: “lo que recordamos es lo que alguien nos hizo sentir”.

Al corazón llega el corazón. Nosotros somos capaces de mover esas emociones cuando vamos directamente a cuál es la necesidad de la audiencia.

Lo que conmueve es eso que de verdad está adentro de nosotros y que es el mensaje que realmente está llamándonos. No sólo querer quedar bien frente a la audiencia, hablar de una forma exitosa y que nos reconozcan por nuestra oralidad o nuestra capacidad y fluidez verbal.

Sino también, el segundo plano más perdurable en el tiempo, es toda la emoción que logremos transmitir porque eso es lo que genera memorabilidad: la emoción es el pegamento de la memoria.

Para llegar al corazón hay que hablar desde el corazón.

Podemos ser especialistas en un tema, tener mucha información, conocer muchos autores pero hay que saber estructurar lo que queremos decir. No podemos contar todo. ¿En qué consiste ser especialistas en esta estructuración?

El Método BRAVO es realmente sencillo pero hay que saber cómo utilizarlo. En mis años enseñando en grandes empresas multinacionales y en cursos privados, quedó demostrado que es un método que no solo funciona sino que con trabajo duro logra resultados.

A mí lo que me parece imposible – más que difícil – es querer contar todo lo que sabemos. Lo más eficiente como oradores, y desde luego para la audiencia, es contar de forma breve, ir al grano, a lo fácil. Pero sin ser simples.

BRAVO es una secuencia discursiva que no solamente presenta los ingredientes, sino que corresponde: a la bienvenida, el reconocimiento, la autoridad, el valor y la ovación.

Ingredientes de una receta que te conducen a un éxito en la comunicación y están colocados por orden porque facilita la estructura en un discurso. A veces tratamos de recordar un discurso entero de memoria y eso es terrible.

Y sin embargo, podemos recordar BRAVO como un acrónimo, que es esa regla nemotécnica para ir contando cada fase del discurso.

¿Cómo se ponen en juego en la vida cotidiana los objetivos que se practican en un discurso formal determinado?

Cuando la gente trabaja con este método no mejora solo ese discurso, sino que las pausas, los cambios en el ritmo, en el volumen, en todas las ampulosidad en las variables de la voz, van generando un mejor entendimiento, no sólo en el discurso que han trabajado, sino incluso cuando hablan con su familia.

Pero yo no les puedo hacer esa promesa cuando compran mi libro. Y sin embargo, sé que mejoran.

Un trabajo específico de un discurso se lleva después a todos los demás terrenos de la propiocepción. BRAVO ayuda al resto de los discursos.

En tu libro hablas de la importancia de poder escuchar a la audiencia, ¿En qué consiste esto?

Cuando estamos dando un discurso de elevator pitch – como se llama al tipo de discurso breve de uno tres minutos donde el objetivo es presentar un producto, servicio o idea – en esos tres minutos más allá de la escucha, de calibrar y mirar las caras, de si alguien está bostezando, lo importante aquí es haber hecho una reflexión de escucha previa.

Hablar bien en público implica pensar en privado.

Y cuando damos un discurso programado, ¿Cuales son las cosas que hay que escuchar de la audiencia, qué es lo que hay que mirar?

No hay que perder la fuerza de un discurso por el ánimo de querer generar un debate. Un recurso interesante es hacer un discurso participativo a través de preguntas retóricas que logran una conexión pero no implican una desconexión o pérdida de atención o fuerza.

No creo que haya que ser experto en detectar la mentira para entender si la audiencia está desconectada. En estos casos, más que culparlos a ellos, tendríamos que mirar hacia adentro.

En estos casos, hay que preguntarse: ¿Qué no estoy haciendo? ¿Por qué no he utilizado un ejemplo que enganche?, ¿Por qué no he llamado su atención con una metáfora?, ¿Por qué no les he contado algo más exquisito, más curioso?

La gente ama las curiosidades.

¿Cuáles son los errores más frecuentes en la comunicación no verbal?

Sin duda “el baile”. A veces los movimientos espurios, sucios, de estar intranquilo, de tocarse mucho el pelo, son movimientos erráticos que generan hacia fuera sensación de desasosiego y de cierto descontrol. Pero hacia adentro también.

Me refiero a esa sensación de no estar nada cómoda entonces me muevo más y como me muevo más la incomodidad se acrecienta y se genera un círculo vicioso.

El eterno baile es de los errores más feos, no dice nada, y solamente muestra intranquilidad.

¿Cuáles son los líderes, referentes, escritores con los cuales te identifica su oratoria?

Mi escritor favorito se llama Rubén Turienzo y tiene un libro genial que se llama Haz que suceda. Es un libro que me ha cambiado la vida. Lo que hace Turienzo en el escenario es mágico.

Cualquier nueva información que explique dice de dónde es el origen, no sólo etimológico de la palabra, sino una expresión o incluso un concepto marketing de los que a veces se dan por sabidos te explica cuál es el origen y lo te lo lleva un ejemplo interesantísimo de una película de Disney o un personaje histórico.

¿Y sabes por qué funciona? Porque cuando alguien te une un dato interesante, algo que es relevante hoy con un anclaje histórico de algo llamativo, lo puedes recordar para siempre y no deja de ser una explosión de curiosidad, de cultura. Y es muy deseable.

Creo que en ese aspecto sí nos toca estar pendiente de mimar a la audiencia con un dato curioso, con un ejemplo llamativo. Eso funciona muy bien.

Por otro lado, Margarita Álvarez, que habla de felicidad. También me parece que le pone un peso específico a las palabras, que habla de felicidad, con facilidad.

Cuando termina un discurso, ¿cómo darse cuenta si  fue bien o no?

La expectativa de que alguien diga “bravo” en cualquier momento del discurso es toda una declaración de intenciones. Además, es una palabra internacional, porque así se dice en España, Américalatina, central y los angloparlantes.

Los que somos audiencia, creamos el discurso siendo parte del mismo con aplausos. Hasta en las charlas TED se oyen los aplausos para empezar y para terminar.

Es un deseo aspiracional. Sabemos que alguien ha disfrutado nuestro discurso porque no nos lo devuelve así.

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