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No hay edad para el asombro

No hay edad para el asombro

Hace pocos días se estrenó la tercera temporada de la serie de Netflix El método Kominsky, protagonizada por Michael Douglas y Alan Arkin y dirigida por Chuck Lorre, la mente detrás de dos grandes éxitos: “The Big Bang Theory” y “Two and a Half Men”.

A lo largo de las 3 temporadas que ya se pueden ver completas, la serie atraviesa distintos momentos, algunos mejores que otros. Cuando fue estrenada resultó inevitable conectarla con Grace & Frankie, la otra serie sobre el último acto de la vida, protagonizada por las brillantes Jane Fonda y Lily Tomlin (también en Netflix), porque si, ambas se animan a abordar las luces y las sombras de esta etapa y a hacer chistes sobre la muerte, la soledad y la incontinencia, entre otros desafíos del crecer.

Con este proyecto, Douglas, quien también es productor, volvió a la televisión a sus 74 años. La primera temporada se estrenó en 2018 y la que acaba de salir es el final definitivo, un cierre que eleva la vara porque la serie, como sus protagonistas, se va poniendo más interesante y profunda con el paso del tiempo (tenganle paciencia a la temporada 1, la 2 es maravillosa).

Se trata de un muy buen retrato del envejecimiento, la masculinidad y la amistad, en el que la construcción de los personajes secundarios no se destaca pero lo que sí resulta maravilloso es la relación entre Douglas y Arkin y la ejecución que hacen de un guión inteligente con la cantidad adecuada de altibajos emocionales y un reflejo honesto de dos seres humanos que se asumen defectuosos y se saben mejores cuando están juntos, bromeando sobre sus problemas y sus antagonismos, como sólo los viejos amigos saben hacer.

Ese, precisamente, termina siendo el insight más interesante, el mismo que exploran en Grace & Frankie, el de lo importante que resultan los vínculos con los pares cuando se trata de navegar una nueva etapa de la vida. Ambas series cumplen un rol social, no sólo provocando al contar historias sobre los desafíos del envejecimiento en el contexto de una industria que se destaca por invisibilizar a los 50+, sino transmitiendo un mensaje transgeneracional sobre la importancia de la amistad conforme avanza la vida.

Sin dejar de lado otros vínculos importantes, en particular la resignificación de la relación entre Sandy (Douglas) y Roz (Kathleen Turner), que resulta siendo lo mejor de la última temporada, por la lucidez de los diálogos y por mostrarnos que lo bueno del tiempo es que nos permite perdonarnos, mirarnos con otros ojos y ser mejores personas.

Como decía, la propuesta mejora con el paso de las temporadas, su mejor momento es durante la 2da pero en la tercera podemos disfrutar de su madurez a través de distintas aristas y temas. Uno que no quiero dejar de mencionar es la incorporación de la perspectiva intergeneracional. Hacia el final, al personaje de Douglas le sucede algo importante al tiempo que le está pasando lo mismo a una de sus alumnas, posiblemente más de 40 años menor que él. «A esta edad no sé cómo lidiar con un sueño hecho realidad», le dice a Roz por teléfono un Sandy que ya no esperaba mucho de la vida y lo emociona estar viviendo algo que va mucho más allá no sólo de sus propias expectativas, sino también de la de los demás en relación a él. Sentimiento con el que su alumna se muestra completamente identificada y que sin demasiadas palabras une a los dos personajes. Y ese es el punto, no hay expectativas que se correspondan con edades determinadas, la vida es compleja y misteriosa y la buena noticia, podemos ver a través de la mirada de un Sandy conmovido, es que no hay edad para el asombro; y volviendo a Douglas y Arkin, tampoco hay edad para triunfar.

Escribe Camila Naveira.

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