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Canto del cisne

Canto del cisne

En el Fedón, Platón cuenta las últimas horas de Sócrates. Sus discípulos fueron temprano al calabozo a reunirse con él, que sabe que ese día deberá beber la cicuta, cumpliendo con la pena de muerte que el tribunal ateniense sentenció. Sócrates está increíblemente tranquilo. De hecho, termina él animando a sus desconsolados discípulos que lloran por anticipado su inminente orfandad. La raíz de su tranquilidad es que sabe que no todo termina con la muerte, porque el alma es inmortal. Con maestría intenta probárselo a sus discípulos, para que ellos también encuentren consuelo. Luego de una larga discusión, se toman un descanso. Sócrates percibe, entonces, que dos discípulos están hablándose al oído con cara de preocupados y los invita a compartir con todos lo que están diciendo. Ellos no se animan. Encontraron objeciones a los argumentos de Sócrates y no quieren quitarle la paz mostrándole que está equivocado justo antes de su muerte. Cuando finalmente lo confiesan, Sócrates se echa a reír tranquilamente y les dice: “¡Uds. creen que soy peor que los cisnes!”

Nadie entiende a qué se refiere. Sócrates amplía: los cisnes entonan su canto más fuerte y bello justo antes de morir. Los hombres, proyectando su temor ante la muerte, dicen que son cantos fúnebres, que son lamentos. Pero no es cierto, sigue Sócrates, porque ningún ave canta cuando sufre, cuando tiene hambre o frío o está herida. Siempre que cantan, cantan de gozo. Y gozan los cisnes porque, como están consagrados a Apolo, son adivinos y conocen de antemano la felicidad que se les viene. Yo también, termina Sócrates, canto feliz porque, como los cisnes, sé lo que se viene.

A partir de allí nació la expresión “canto de cisne” para referirse al último acto que una persona realiza en su vida. Hoy Sócrates nos invita a terminar con un canto de cisne, con un canto glorioso, con una jugada genial, memorable para los que quedan. Si nos toca conocer anticipadamente nuestra muerte, como a Sócrates, antes de morir. Pero, mientras tanto, en cada una de las actividades, relaciones y proyectos que emprendemos y que ocasionalmente terminan. Terminar a lo grande. Pensar el final, pensar y ejecutar nuestro canto de cisne cada vez que terminamos algo. Cantar la alegría de que lo que viene es mejor.

Christián Carman

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